Frente a un mundo violento donde nuestro presente se ve invadido por aquello que nos es ajeno, el encuentro con el otro se vuelve un espacio revolucionario, se vuelve un lugar para mirarnos desde otro ángulo, un momento para entendernos desde otras historias formadas a partir de dejarnos ver y ser vistos.

Actualmente, la realidad que circunda a la mujer se ha recrudecido. La cloaca se ha destapado y nos deja ver la miseria de lo humano contra su propia especie. Los discursos polarizados juegan con nosotros desde un chantaje que denuncia nuestra incapacidad empática para entender la naturaleza de lo femenino frente a un mundo dominado por el patriarcado en el que nos encontramos sumergidos desde hace siglos.

Si a eso le sumamos toda la carga histórica del deber frente al mundo, el panorama se vuelve un tanto desalentador. Entender al otro, comprender de raíz su ser desde lo profundo de su complejidad, es pues el símbolo inequívoco de esta resistencia frente a esta condición humana destructora que atenta, paradójicamente, contra nosotros mismos.

Necesitamos del otro, necesitamos con urgencia crear nuestra pequeña revolución desde el acto amoroso de entender aquello que nos es ajeno. Requerimos regresar al origen de entendernos desde lo colectivo como acción sanadora de nuestra sociedad.

Finalmente, somos la suma de todos los encuentros que se suman a lo largo de nuestra historia personal. Lo personal, es sin dudarlo, político.